Alan Turing, considerado el padre de la computación moderna y visto por muchos como el creador de la «inteligencia artificial» con su artículo seminal «¿Pueden pensar las máquinas?», sufrió una trágica persecución legal y social a causa de su homosexualidad, que acabó llevándole a una muerte prematura con solo 41 años.
En 1952, Turing fue detenido y condenado por «indecencia grave», como le había ocurrido al célebre Oscar Wilde cincuenta años antes, tras admitir una relación homosexual, que por entonces se consideraba un delito en el Reino Unido. Como alternativa a la cárcel, aceptó someterse a un tratamiento de castración química que le provocó impotencia y otros efectos secundarios graves, físicos y psicológicos.
La condena supuso además la pérdida de su habilitación de seguridad, lo que le impidió seguir trabajando en proyectos gubernamentales de criptografía, pese a haber sido una figura clave durante la Segunda Guerra Mundial en la batalla del Atlántico al descifrar las comunicaciones militares nazis.
Su final, trágico y prematuro, es un recordatorio descarnado de la importancia de la tolerancia y del respeto a los derechos humanos. Una lección para no olvidar que, pese a todos los retos y amenazas que plantea la inteligencia artificial, hasta la fecha la inteligencia más destructiva contra las personas — hombres y mujeres por igual — y contra sus derechos ha sido la inteligencia humana, la inteligencia natural.
El 8 de junio de 1954, Turing fue hallado muerto en su casa por envenenamiento con cianuro, que había ingerido con una manzana. Aunque algunas teorías apuntan a que pudo ser accidental, la autopsia concluyó que fue un suicidio.
La persecución que sufrió Turing refleja la discriminación legal y social de la época contra las personas homosexuales, una realidad que, por desgracia, todavía persiste hoy en muchas partes del mundo.
Más tarde, en 2013, la reina Isabel II concedió a Turing un indulto póstumo, pero no fue hasta 2017 cuando se promulgó la «Ley Alan Turing», que indultó a miles de personas condenadas por delitos relacionados con la homosexualidad en el Reino Unido.
Pese a su muerte prematura, el impacto de Turing en la ciencia y la tecnología es inmenso.
Su destino trágico es un recordatorio poderoso de la importancia de la tolerancia y de los derechos humanos, y una lección: por mucho que evolucione la inteligencia artificial, conviene no olvidar que hasta ahora la inteligencia más destructiva jamás empleada contra las personas y sus derechos ha sido la inteligencia humana, la inteligencia natural.
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